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Los riesgos de la deshidratación

El buen funcionamiento de nuestro organismo exige una óptima hidratación, en la misma medida que una buena alimentación. El aporte de líquido que todos necesitamos para evitar los riesgos de la deshidratación no solo está en función de factores como la edad, o el sexo, sino también de la actividad física que realicemos, las características de nuestro trabajo, así como la temperatura y humedad que haya en el ambiente.

 

La hidratación y la salud

Del total de la composición de nuestro cuerpo, casi dos tercios son agua, y por ello el aporte que hagamos del líquido a nuestro cuerpo debe venir de las bebidas que tomemos, pero también de los alimentos. La clave está en el equilibrio entre pérdidas e ingestas de agua.

Por el contrario, la deshidratación puede causar en nuestro cuerpo una sensación de somnolencia, de cansancio permanente sin justificación aparente, fatiga, dolores de cabeza, migrañas, y otras dolencias más graves como la formación de cálculos renales, problemas buco dentales, broncopulmonares, estreñimiento e incluso un colapso físico general si la deshidratación es grave, que podría poner incluso en riesgo la propia vida.

 

Personas con mayor necesidad de hidratación

Cuando, por circunstancias de trabajo, ejercicio físico, deporte, etc., se pierden muchos líquidos, la necesidad de hidratación es imprescindible para cualquier persona, sea cual sea su sexo, edad, etc. Pero hay ciertas circunstancias que exigen un cuidado especial para el aporte de agua:

  • Bebés y niños de corta edad. El peso corporal en bebés y niños pequeños es pequeño y la rotación entre agua y electrolitos en su organismo es grande. Esto produce una descompensación; de ahí, entre otros efectos, las frecuentes diarreas. Es muy importante que el consumo de agua, de zumos, y líquidos en general, sea el adecuado.
  • Personas mayores. La resistencia que tenemos los seres humanos a la falta de hidratación, o a un aporte de agua insuficiente, va mermando con el paso de los años, por varias razones. Entre ellas, porque perdemos sensibilidad para ser conscientes de la sensación de sed, nuestro organismo responde de peor manera a los cambios de temperatura, y además, el cuerpo de las personas mayores cada vez conserva peor el agua acumulada. También influye que cada vez la cantidad de comida ingerida es menos, lo que genera menor sed y disminuye la sensación de necesidad de agua. Si además se padecen algunas enfermedades crónicas, como es el caso de la diabetes, el desajuste es aún mayor. En este sentido, hay que insistir en la necesidad de que estas personas beban, de forma gradual a lo largo del día, aunque no tengan sed. 
  • Deportistas. Los deportistas con un desgaste físico muy alto, procedente de una exigente actividad, como es el caso de ciclistas, participantes de maratón, alpinistas, etc., tienen un mayor riesgo de deshidratación. Como sabemos, durante el ejercicio físico, nuestro organismo pierde mucha más agua de la que puede absorber, con lo que aumenta la desproporción de fluidos. La deshidratación se va acumulando día a día, si no se compensan los niveles de agua desgastados.

 

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  • Altitud. Cuando se vive a gran altura, entendiendo como tal a partir de 2.000 metros, o se hace ejercicio en perfiles de montaña similares, la salud puede resentirse. Entre los riesgos de permanecer en estas altitudes, trabajar y hacer ejercicio, está la deshidratación, provocada por una respiración más rápida, un incremento de la orina, etc.
  • Enfermedades crónicas. La diabetes genera mayor propensión a la deshidratación. También hay que vigilar con especial celo el aporte de líquidos en casos de enfermedades del riñón, alcoholismo, o simplemente fiebre provocada por cualquier patología. La inapetencia a comer y beber, provocada por todo tipo de enfermedades, es otro factor de riesgo para la deshidratación.
  • El trabajo en ambientes calurosos y húmedos también incrementa el riesgo de deshidratación, a causa de que el sudor no se evapora y enfría al mismo ritmo que lo hace normalmente, lo que provoca un aumento de temperatura corporal, y nuestro organismo necesita mayor aporte de líquidos.

 

El mejor agua para una correcta hidratación

Hay muchas variedades de agua, de diferentes mineralizaciones, ricas en calcio, con aporte de flúor, etc. Para una correcta hidratación, según los últimos estudios realizados, el agua adecuada es el que aporte una elevada proporción de minerales y oligoelementos. Es importante consultar la información de las etiquetas y elegir el agua más adecuada a nuestras necesidades.

En lo referido al agua potable, es fundamental que cumpla las normas de seguridad establecidas. No es perjudicial para la salud, pero nutricionalmente no tiene un tratamiento tan completo como el mineral envasado, ni bactericida ni microbiológico. Su uso adecuado será para el riego de jardines, para nuestra higiene personal, y para cocinar.

En el caso de la mujer, el agua mineral tiene un papel muy importante en el embarazo, y también durante la lactancia, favoreciendo la calidad de leche materna, e incluso la cantidad. Además, nutrientes como el calcio, magnesio y los sulfatos, ayudan en la prevención de accidentes cardio vasculares, al reducir los riesgos de coagulación sanguínea. Para la diabetes, las aguas bicarbonatadas son la mejor opción. 

En general, el consumo de agua minera baja en sodio es adecuado para controlar la hipertensión arterial.

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